REVISTA DE POR ACÁ

Con el objetivo de mostrar la cultura regional en todos sus aspectos, apareció en su segunda época en 2007, en formato electrónico.

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domingo, 30 de agosto de 2015

Misión de Santa Gertrudis: los inicios de una gran región

La poco conocida historia del padre Fernando Consag, habla de la fe, la perseverancia y el amor de un hombre por sus semejantes, los indios cochimí, en cuyo nombre fundó lo que hoy somos


Carlos Lazcano
(El Vigía)

El manantial de Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
Cuando uno viaja hacia Baja California Sur, justo a la mitad de la península la carretera pasa por una gran región biogeográfica conocida como Desierto Central. En nuestro estado se le conoce como Valle de los Cirios y en Baja California Sur, como Vizcaíno. 

Si hoy nos sorprende y asusta su aridez, imaginémonos cómo estaría en la primera mitad del siglo XVIII, cuando penetraron a ella los primeros misioneros jesuitas, con la pretensión no sólo de evangelizar, sino la de civilizar.

Penetrar la región les llevó muchos años a estos hombres, quienes lo intentaron a partir de la misión de San Ignacio Kadaakamán, establecida en 1728, que actualmente es la más norteña de las misiones de Baja California Sur.

Desde mediados de los 1730’s, los jesuitas estaban decididos a seguir avanzando al norte; así, en 1737 se nombra al misionero croata Fernando Consag como titular de la siguiente misión más allá de San Ignacio, a esta nueva misión se le nombró Nuestra Señora de los Dolores del Norte. 

En ese tiempo no se conocía muy bien el Desierto Central, así que el padre Consag inició una serie de exploraciones con el fin de encontrar el sitio más adecuado para fijar la sede de su misión, y mientras tanto la administró desde San Ignacio, cuyo titular era el padre Sebastián Sistiaga.

Otra vista del manantial. (Foto: El Vigía).
Catorce años le llevó al padre Consag darse cuenta de que en el Desierto Central no existen sitios adecuados para fundar misiones. El mejor que encontró fue un paraje que tenía un pequeño manantial al que nombró La Piedad; ahí decidió trasladar la sede definitiva de su misión en el verano de 1751.

En los catorce años que anduvo buscando, es decir, el lapso entre 1737 y 1751, el padre Consag fue incansable. Desde San Ignacio efectuó numerosas exploraciones en el territorio de su misión -territorio del hoy estado de Baja California y municipio de Ensenada-, bautizando a mil indios cochimí, de quienes aprendió la lengua y sus costumbres. 

Tan largas fueron sus registros que en uno de ellos, efectuado en 1746, alcanzó la desembocadura del río Colorado, dando la demostración final de la peninsularidad de California, además de que registró numerosos parajes que recomendó para futuras misiones. También recorrió buena parte de la vertiente del Pacífico y entabló amistad con muchos de sus grupos indígenas. Penetró al Desierto Central conociéndolo a profundidad y registrando sus parajes más importantes.


Un evangelizador incansable

Templo de la misión de Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
De este modo, el padre Consag se convirtió en el gran pionero de lo que hoy es nuestro estado de Baja California. En 1751, justo cuando trasladaba su misión a La Piedad, se le pidieron dos cosas: la primera, que la misión cambiaría de nombre, y ahora se llamaría Santa Gertrudis La Magna, esto debido a que la esposa de quien financió esta misión, se llamaba Gertrudis y puso como condición que el establecimiento llevara tal nombre; la segunda petición, la más difícil para Consag, fue que dejara su misión en manos del recién llegado jesuita alemán Jorge Retz, y él se hiciera cargo de San Ignacio, ya que no tenía titular porque el padre Sistiaga se había retirado debido a su edad y salud. Por eso Consag es el gran pionero de nuestro estado, el iniciador y fundador de lo que hoy somos.

El paraje de la misión. (Foto: El Vigía).
Fundar una misión en medio de la nada, era en el tiempo de Consag evangelizar en el fin del mundo, la frontera de lo conocido de la Nueva España. Durante muchos años eso fue la misión de Santa Gertrudis, los confines de México, el límite de la civilización y cultura occidental, y ese límite lo avanzó hasta ahí el padre Consag. Fue su proyecto de vida y murió en ese desierto, rodeado de sus indios. Una entrega así hoy no se entiende.

El templo de la misión de Santa Gertrudis luce hoy en día hermoso. Fue totalmente restaurado gracias a la labor incansable del padre Mario Menghini, otro gran misionero, pero comboniano y de nuestro tiempo. 

Muchos piensan que ese templo fue la máxima herencia de Fernando Consag. Esto es algo falso. Para empezar, dicho templo nunca lo conoció Consag. Esa construcción data de los 1790’s, cuando Consag ya tenía más de 30 años de muerto. 

A la izquierda, la espadaña de la misión. (Foto: El Vigía).
El templo, lo levantaron los misioneros dominicos, continuadores de la labor misional de los jesuitas. Pero el que no lo haya hecho Consag no le quita ningún mérito, ya que la misión no la hacía el templo, sino la labor que se desarrollaba, y la labor de Consag nunca fue superada.

El valor de la obra de Consag debe medirse no en función de un templo, sino en función de la implantación de la cultura occidental en nuestra tierra. Consag sembró y hoy nosotros cosechamos. La misión de Santa Gertrudis es nada más una de las huellas de Consag, un testimonio de su paso.


Lugar de tradiciones vivas

En la fiesta patronal de Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
Hoy gracias a Consag, y a los continuadores de su obra, tenemos viejas tradiciones como la de la ganadería y los vaqueros; como la fiesta patronal de Santa Gertrudis, la más antigua de Baja California, ya que data de 1751; como la tradición de Semana Santa y Navidad; como la elaboración del vino, así como otros aspectos. 

Y es que aunque Santa Gertrudis La Magna dejó de funcionar como misión desde 1822, algo de ella sigue vivo, como son esas tradiciones que continúan, las que sus habitantes se encargan que no se pierdan y sigan.

Santa Gertrudis La Magna representa los inicios de nuestra identidad, de nuestras raíces, y el que puso las primeras semillas del presente fue Consag. 

Celebración religiosa en Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
Actualmente ¿quién siembra valores en Baja California? ¿quién da su vida por esta tierra? ¿quién abandona títulos, honores, privilegios para que esta tierra mejore? ¿quién ofrece lo mejor de sí mismo para que Baja California avance? ¿quién ama Baja California? ¿quién nos da ejemplos de entrega y fe en el futuro como nos lo dieron los misioneros? ¿quién continúa la obra iniciada por nuestros fundadores? ¿quién mantiene sus valores, esos que nos dieron rumbo y sentido y que hoy por hoy parece que se han perdido? 

Santa Gertrudis La Magna representa nuestros difíciles inicios y Fernando Consag la fe, la perseverancia y amor de un hombre por sus semejantes, los indios cochimí, en cuyo nombre fundó lo que hoy somos. Por desgracia esta historia es muy poco conocida y no se enseña en las escuelas. Ningún libro que presente la historia oficial de Baja California hablará sobre Fernando Consag, ni que los humildes inicio se dieron en Nuestra Señora de los Dolores del Norte-Santa Gertrudis, ni tampoco que hubo un fundador de nuestro estado, ni los valores que lo motivaron, ni mucho menos que todo lo hizo por amor.

 Obtenido de: http://www.elvigia.net/general/2015/8/30/mision-santa-gertrudis-inicios-gran-region-209284.html el domingo 30 de agosto de 2015.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Misión dominicana de San Vicente Ferrer

Centro militar y administrativo de las misiones de la zona fronteriza


Hilda Ortiz Vargas
hilortiz@informador.com.mx

Ruinas de la misión de San Vicente Ferrer.
 (Foto: www.observaturbc.org).
Se localiza a 90 kilómetros al Sur de Ensenada y a 110  al Norte de San Quintín por la carretera federal No. 1, a 1 kilómetro al Norte del poblado San Vicente. Es decir, 190 kilómetros al Sur de Tijuana. 

Desde su fundación, el 27 de agosto de 1780, se convirtió en una sólida muralla que protegía a los demás centros religiosos de los ataques de los indios rebeldes.

Fue la tercera misión dominica que se construyó sobre el Camino Real. La fundaron los frailes Miguel Hidalgo y Joaquín Valero, con la autorización del gobernador don Felipe de Neve. Desde su fundación se convirtió en el centro administrativo y militar de las misiones fronterizas.

Fue una de las pocas misiones dominicas que no tuvo que ser reubicada de su emplazamiento original. Además, estaba situada estratégicamente, en el centro de la ruta hacia la Alta California y Loreto, y el camino que conectaría con la desembocadura del Río Colorado, lo cual la convirtió de manera natural en capital de la frontera.

Esta misión-presidio, establecida en 1780, fue la más grande y próspera de la frontera norte de la antigua California. Esto ya indica la primera ventaja: sus dimensiones y diversidad.

La misión se construyó en una planicie llamada hoy en día Llano Colorado, debido a las rocas volcánicas erosionadas de color rojo.

La Misión de San Vicente Ferrer, al igual que todas las establecidas en el continente americano, fue construida en un sitio escogido por las características del terreno, definitivamente apto para el desarrollo de las tareas acostumbradas a realizar por los religiosos y militares de la época, además de la topografía amable, indispensable para la conversión de la población indígena local al cristianismo.

Fue establecida en el borde occidental de la cuenca de San Vicente, abundante en agua, tierras y pastizales; el agua proveniente del arroyo San Vicente permitió que esta misión desarrollara una agricultura basada en el cultivo del maíz, trigo, fríjol y cebada (en ocasiones) en aproximadamente 83 hectáreas; se explotó también el ganado vacuno, caprino y ovino. Las plantas silvestres como el mezcal, jojoba y diversas clases de cactus también fueron aprovechadas.

En su momento de auge funcionó como centro de operaciones militares, pues, además de estar situada en la frontera, contaba con un pequeño fuerte. Al poco tiempo fue abandonada y en la actualidad sólo se conservan los restos de algunos muros.


Conjunto misional

Fue el más grande de los establecimientos dominicos donde los edificios se dividían en dos partes: el centro religioso, que contaba con templo, cocina, comedor, celdas para los misioneros, dormitorios para los indios y almacén; la otra servía para satisfacer las necesidades de la escolta militar. La construcción estaba rodeada por una muralla con torres de vigilancia; además, tenía una presa, canales de piedra para riego y un sistema de desagüe hacia los campos de cultivo.


Sistema de construcción

Los edificios del conjunto fueron construidos de adobe, con cimentación de piedra de canto, colocada a una profundidad de 90 cms. y unida con una mezcla de mortero de arcilla, arena y cal. Sobre los cimientos descansaban los adobes colocados alternadamente y pegados entre sí con la misma mezcla, formando los muros de 0.90 a 1.10 metros. El adobe fue hecho con tierra del lugar, agua, arcilla, arena y paja para darle mayor resistencia. Probablemente los muros alcanzaban una altura de 4.50 metros, y los techos se entretejieron con ramas de tule sobre vigas de algún tipo de tronco de árbol de la región o con teja de barro, y baldosa en el piso.

En la Misión San Vicente Ferrer se han llevado a cabo interesantes excavaciones arqueológicas, como parte fundamental de un ambicioso proyecto que contempla la investigación, protección y su conservación. 


Trabajos realizados por el INAH

El Instituto Nacional de Antropología e Historia inició sus programas en Baja California a través del Centro INAH-BC en 1986. A partir de esa fecha, esta institución del gobierno federal ha venido trabajando en la conservación y el estudio de los sitios misionales en la entidad. La delimitación de estos espacios de valor cultural fue uno de los primeros objetivos.

Dentro del proyecto denominado Corredor Histórico “Camino Real Misionero de las Californias” (CAREM), establecido por el INAH, se hicieron, entre otras, las siguientes labores.

Arqueología histórica, limpieza de los sitios y cercado de su perímetro, aplicación de recubrimientos de adobe (o capas de sacrificio) para proteger los muros, cédulas informativas, señalización y construcción de casetas de control de visitantes.

Los vestigios de los muros continuarán con la protección de una mezcla de arcilla, arena, baba de nopal y estiércol, a manera de recubrimiento de adobe o “capas de sacrificio” que los protegen de los vientos, el sol y la lluvia. La función de las capas de sacrificio es la de proteger los muros originales.


Obtenido el 19 de agosto de 2015 de: http://www.informador.com.mx/suplementos/2008/54717/6/mision-dominicana-de-san-vicente-ferrer.htm

sábado, 19 de febrero de 2011

Los cazadores fueron muy importantes


Ecoanálisis


Alberto Tapia Landeros*



En el desarrollo de la humanidad como especie cultural, capaz de imaginar y perpetuar signos y símbolos considerados ladrillos de la cultura, hubo una etapa conocida como sociedades “cazadoras recolectoras”. Es decir, cuando el hombre vivía de recolectar semillas, raíces, huevos, miel, frutas, flores y demás alimentos básicos. Pero no dejaba pasar la oportunidad de atrapar una lagartija o ratón que le saliese al paso, y eso era “cazar” en su forma más rudimentaria.

Resulta obvio que aquellos grupos que vivían en la ribera de un río o lago, o en playa de mar, tampoco desaprovechaban la oportunidad de atrapar un “gruñón”, como se le llama en la costa del océano Pacífico al pejerrey del Golfo de California, especies, como otras, que desovan en la playa. Esta práctica cultural no era formalmente “pescar”, sino oportunismo.

No obstante, varios misioneros reportaron que los kumiai costeros desde la hoy Playas de Tijuana y hasta Ensenada, BC, traían redes cortas atadas a la cintura, sin duda para atrapar “gruñones”, particularmente durante primavera y verano. Entonces el nombre genérico de “cazadores recolectores” incluía la pesca, aquella que se hacía ante la oportunidad y seguramente inició a mano limpia. En justicia, el genérico debería ser el de “cazadores pescadores recolectores”.

Sobre todo a partir de la extinción de la megafauna del Pleistoceno, cuando desapareció el mamut, mastodonte, perezoso gigante terrestre, camellos y caballos americanos, antaño fuente de alimento para los primeros humanos que colonizaron este continente. El amerindio se vio obligado a sustituir la carne roja con la de peces y moluscos de playa y ribera, aunque siguió cazando búfalo en la pradera, venado cola blanca en el este; cola negra y bura en el oeste, así como berrendo y borrego cimarrón.

Pero crónicas jesuitas cuentan que esto no era muy frecuente. Por ejemplo, el padre Juan Jacobo Baegert escribió: “Nadie podrá deducir que en California haya buena caza y que, en consecuencia, los californios y sus curas comen carne con frecuencia o, que estén bien provistos de carne de venado. Tan raras veces me he llenado con carne de pájaros o aves en general, como con la del venado o liebres… si se quisiera dar expresamente el encargo a un cazador, como se acostumbra hacer entre nosotros (los misioneros), resultaría un fracaso, porque tendría uno que quedarse en espera del asado desde los Santos Reyes hasta el miércoles de ceniza”.

Baegert, misionero jesuita de origen alemán, también valora la población de borrego cimarrón: “En las cumbres más altas de la sierra que atraviesa California de Sur a Norte, hay animales que son enteramente iguales a nuestros borregos, salvo los cuernos que son muy gruesos, más largos y mucho más encorvados. Cuando se sienten perseguidos, suelen dejarse caer de cabeza sobre estos cuernos desde las cimas más altas, sin sufrir daño alguno”. Más adelante acepta que “No pueden ser muy numerosos (los borregos cimarrones), porque no he visto ninguno, ni nunca la zalea en manos de los indios”, con lo cual se contradice y funda el mito del “super borrego”.

Pero quienes nos antecedieron en estas tierras, sí fueron buenos pescadores. Otro misionero, Fray Luis Sales dejó esta constancia: “Son muy buenos pescadores y algunos abastecen a todo un concurso de parientes. Sólo que tienen la vana observancia de que el pescador no debe comer el pescado que coge porque será desgraciado en el mar; y así, los demás comen todo el pescado y él se contenta con las frutas que le traen sus parientes”, sus parientes recolectores. Esta creencia, parte de su cultura subjetiva e inmaterial, pudo haber tenido algún sustento ambiental que no alcanzamos a percibir los modernos.

Sales aporta también otro testimonio de la importancia del cazador cuando escribe que cazar era tan importante, que aquel que fracasaba en el intento, prefería suicidarse en un despeñadero que regresar a su aldea con las manos vacías.

Si esta creencia hubiese persistido hasta nuestros días, habría muy pocos cazadores. Basta entrar a una tienda departamental para encontrar en venta todos los frutos de la caza, pesca y recolección del pasado, así como la tecnología generada a la fecha. Ahora otros cazan, pescan, recolectan e inventan por encargo nuestro, y afortunadamente no tenemos que esperar meses por el asado como Baegert.

*El autor es profesor-investigador del CICMuseo, UABC.

altapialanderos@gmail.com


Obtenido el 19 de febrero de 2011 de La Crónica.

lunes, 24 de enero de 2011

Palmas de Baja California

Ecoanálisis

Alberto Tapia Landeros*



En muchas ocasiones he escuchado a personas decir que las palmas que habitan los cañones de nuestras sierras fueron plantadas por los misioneros. No es cierto. Esas palmas son naturales, nativas de la península. En el Estado 29 se trata de tres especies:

La palma de abanico (Washingtonia filífera), la palma robusta (Washingtonia robusta) y la palma azul o ceniza (Erythea armata). Éstas son las palmas de los cañones de Guadalupe, El Carrizo, El Tajo, El Palomar y Palmas de Cantú, entre otros muchos. Son endémicas de la península. En el Estado Sur hay una especie más, la palma colorada (Erythea brandegeei), e Isla de Guadalupe tiene su palma endémica de Guadalupe (Erythea edulis).

Actualmente hay palmas en todas las ciudades del Oeste americano. Muchas de ellas son descendientes de estas tres especies nativas nuestras. Su fruto es muy pequeño, con una gran semilla y poca pulpa para comer. En las ciudades, con los años se han cruzado entre ellas y resulta difícil identificar cada especie.

Pero las palmas datileras que rodean las misiones jesuitas y las muy conocidas de San Ignacio, Mulegé y Loreto sí fueron plantadas o sembradas por los misioneros. Esto quizá sea el origen de la confusión.

La palma datilera (Phoenix dactylífera) es originaria de Arabia. El antropólogo Homer Aschman investigó y publicó en 1957 sobre el origen de este árbol frutal en la península bajacaliforniana. Por cierto, se estima que históricamente ésta fue la primera planta domesticada por el hombre, quizá en la antigua Mesopotamia.

Algunos historiadores proponían el año de 1730 como el de la llegada de la datilera a Baja California. Pero Aschman opina que es muy difícil, casi imposible que las palmas llegaran antes que los misioneros franciscanos que arribaron en 1769.

Arthur North, un estadounidense que viajó de San Diego a Los Cabos a lomo de bestia en 1906, publicó que la palma datilera llegó a esta península tan temprano como en 1730. Aseguraba haber tenido acceso a viejos manuscritos misionales en los archivos de San Francisco que fueron destruidos por el gran incendio de 1906, año también de la gran inundación aquí en Mexicali.

Las investigaciones de Aschman apuntan a que la datilera llegó alrededor de 1765 a Baja California Sur. En 1800 los palmares datileros de San Ignacio produjeron 200 arrobas de fruta seca y para 1885 entre San Ignacio y Mulegé alcanzaron a producir 3,000 arrobas (una arroba equivale aproximadamente a 10 kilogramos).

A los Estados Unidos llegaron las primeras datileras en 1890. En 1899 se trajeron de Algeria cantidades importantes de cepas y semillas. Su perfeccionamiento en el Valle de Coachella nuestro vecino de California, habla muy bien de la excelente cultura del dátil que ahí se tiene.

No obstante todo lo anterior, la obra Historia de los indios de Nueva España, de Toribio Motolinía de Benavente, habla de una importación de palmas datileras de España al centro de México. Pero en el altiplano mexicano no existen las condiciones desérticas que Phoenyx dactylífera requiere para vivir. Aschman cree que pudo haberse tratado de Phoenyx caniariensis, una especie más tolerante.

¿Alguien se ha fijado si hay datileras en el centro de México? Y si las hubiese, ¿Son sus dátiles iguales a los bajacalifornianos? De cualquier manera, los dátiles bien cultivados son una excelente fruta rica en energía y sabor. ¿Ha comido dátiles con queso? ¿Malteada de dátil en Coachella? ¿Pastel de dátil en Cataviñá? Ahora usted está informado sobre las palmas en nuestro entorno.

En las costas sureñas del Golfo de México, el Caribe y sur del océano Pacífico, abunda la palma cocotera (Cocos nucifera), que da el coco del que bebemos su agua, comemos su pulpa y hacemos dulces. Esa especie no ha podido conquistar las playas desérticas peninsulares de forma natural, a pesar de ser capaz de enviar su semilla dentro del coco que puede flotar y navegar grandes distancias en busca de nuevas playas para germinar. Inteligente estrategia no sólo reproductiva sino expansiva que las nuestras, ni la datilera tienen.

¿Puede usted distinguir datilera, cocotera y nativas? Las nuestras nativas tienen hojas en forma de abanico (palmeada). La cocotera y datilera en forma de pluma (pinnada). Desierto y trópico son el hábitat natural de la familia Aracaceae, las palmas.


*El autor es profesor-investigador del CICMuseo, UABC.
altapialanderos@gmail.com


Obtenido el 24 de enero de 2011 de: http://www.lacronica.com/EdicionImpresa/EjemplaresAnteriores/BusquedaEjemplares.asp?numnota=718503&fecha=23/01/2011

lunes, 8 de marzo de 2010

De México a la República Checa siguiendo las huellas del misionero Wenceslao Link


La misión de San Francisco Borja

La misión de San Francisco de Borja.


Wenceslao Link realizó viajes de exploración en las regiones norteñas de la Península Californiana. Buscaba una conexión de la península con la tierra firme intentando refutar la imagen errónea de que se trataba de una isla. Así describe a este misionero jesuita la enciclopedia de Internet Quien es quien. Carlos Lazcano Sahagún nos reveló cómo se encontró él por primera vez con la figura de Wenceslao Link.

“En lo personal he recorrido mucho Baja California, la geografía, y un día conocí la misión de San Francisco Borja y me impresionó encontrar una magnífica iglesia en medio del desierto sin que viva prácticamente nadie. Investigando supe que el fundador era Wenceslao Link. Con el tiempo me interesó mucho su figura, empecé a estudiarla y llegó el momento en que me di cuenta que era poco conocido aún en México. Profundicé al grado que me interesó conocer los lugares donde él nació, donde estudió, donde murió, para llenarme más de este personaje que para la historia de Baja California, en el noroeste de México, es muy importante. Fue así que organizamos este viaje que para mí es el segundo”.

La misión de San Francisco Borja

La misión de San Francisco Borja


Para Eugenio Ceseña Urías el reciente viaje a la República Checa fue la primera oportunidad de conocer el ámbito cultural de Wenceslao Link.

“Es que yo vivo precisamente en una misión donde ellos, los jesuitas, estuvieron. Para mí venir a encontrarme con ellos, o sea hacer su ruta fue mi ilusión, quería conocerlo desde mi niñez. Quería saber de dónde habían llegado ellos. En los tiempos que mis abuelos me contaban a mí de los misioneros, eso me nació mucho a mí”.

Wenceslao Link fue uno de los pocos misioneros que regresaron de ultramar a su país de origen. Nació en 1736 en Nejdek, cerca de Karlovy Vary, en Bohemia Occidental, cerca de la frontera con Alemania.

“Está su registro de nacimiento, su acta de bautismo. Gracias a esto sabemos quienes eran sus padres. Su padre había sido alcalde de Nejdek a mediados del siglo XVIII, y otros datos sobre su niñez. Aunque es poca la información, pero es importante y es de la poca información básica que hemos conseguido aquí para armar una biografía de este misionero. Nos ha impresionado mucho el contraste de esta región con el desierto que es Baja California, como él dejó todo esto para irse a lo que era el confín de la Nueva España a mediados del siglo XVIII. Posteriormente hemos visitado aquí en Praga el colegio jesuita donde él inició sus estudios. También fuimos a Olomouc. Allí cuando él regresó de Nueva España vivió sus últimos años, fue párroco de una iglesia, que la visitamos. También allí está el registro de defunción, fuimos al archivo y nos permitieron verlo y tomar fotografías para incluirlas en el estudio que estamos haciendo. Asimismo visitamos varias de las iglesias que él atendió y un monasterio de las monjas ursulinas, así como otros lugares que estuvo y que tienen que ver con los jesuitas”.

Carta de Wenceslao Link, fuente: Biblioteca Nacional, Mexico

Carta de Wenceslao Link, fuente: Biblioteca Nacional, Mexico.


Carlos Lazcano Sahagún precisa que la historia de las misiones ha sido en México poco atendida, a pesar de que los misioneros hicieron una labor muy destacada. Le preguntamos cuál es el legado más importante de Wenceslao Link.

“Wenceslao Link junto con una generación de misioneros como el croata Fernando Gonsag, el alemán Jorge Retz, llegaron en una época en la que en Baja California sólo vivían los indígenas. Anteriormente Hernán Cortés había querido colonizar esta región pero él buscaba oro, no encontró oro y se fue, pero los misioneros como Link confiaron en que esta tierra podía tener un futuro. Por eso vinieron a evangelizar, a traer la cultura occidental, a intentar transformar esta tierra para ofrecerles una forma de vida mejor a los indígenas. Desde luego están las misiones, los edificios físicos que ese el testimonio de su presencia, pero lo más importante es la presencia de la cultura occidental en esta parte de México. Ellos fueron los que la trajeron, la sembraron y lograron que se quedara”.

Wenceslao Link fue el primer europeo que tuvo contacto con el grupo indígena de los kiliwas, que hoy están a punto de extinguirse. El misionero registró este encuentro en sus diarios, que están escritos en español, explica Carlos Lazcano.

Carta de Wenceslao Link, fuente: Biblioteca Nacional, Mexico

Carta de Wenceslao Link, fuente: Biblioteca Nacional, Mexico


“Desde luego, cuando envían a Link a México, a Nueva España, lo básico era aprender español, si no, no lo hubieran enviado. Cuando llegó a Baja California ya tenía como dos o tres años de residir en la Ciudad de México donde había aprendido muy bien el idioma. Entonces, él llegó hablando muy bien el español y todos sus informes están escritos en español. Y en español muy claro porque yo he hecho la paleografía de varios de sus documentos y son perfectamente claros para entenderse”.

El misionero bohemio también aprendió las lenguas de los indígenas, pero no hacía anotaciones lingüísticas ni apuntaba sistemáticamente el vocabulario.

“Él no era lingüista, había otros misioneros que fueron lingüistas, él era más bien explorador. Él exploró mucho, hizo anotaciones etnográficas en sus diarios sobre algunas costumbres, sobre algunos aspectos de forma de vida de los indígenas, sobre geografía, sobre lo que él observaba. Algunos términos indígenas y lo que significaba, pero aislados”.

Lo que sí el misionero bohemio dejó a sus seguidores fueron mapas donde vienen registrados los avances que tuvo durante sus exploraciones. Carlos Lazcano apunta que Wenceslao Link llegó a México en 1762 y se quedó solo hasta 1767 cuando la orden jesuita fue expulsada de todo el imperio español. Sin embargo, en esos cinco años exploró mucho más que la gran mayoría de los demás jesuitas.

Mapa de Nueva España del jesuita Adam Gilg, fuente: Archivo Provincial Moravo de Brno)

Mapa de Nueva España del jesuita Adam Gilg, fuente: Archivo Provincial Moravo de Brno)


“El problema más importante que tenían era buscar agua. Cuando llegó era joven, fuerte, no tenía problemas de salud como otros misioneros porque aún estaba muy joven, tenía como 30 años. Pero hacía exploraciones a regiones que no se conocían aún. No sabían donde estaban las fuentes de agua, desconocías las lenguas indígenas y también se encontraban con el problema de no ubicarse bien por no conocer la geografía. Ellos querían llegar hasta cierto paralelo y no lo lograron finalmente porque encontraron sierras más difíciles de lo que esperaban. Se les gastaban las cerraduras a sus caballos y tuvieron problemas porque al acabarse las cerraduras, los cascos empezaron a desgastarse y eso impidió que siguieran explorando más hacia el norte. Todos esos problemas él los relata en su diario”.

Wenceslao Link fundó la misión San Borja, pero gracias a sus exploraciones se fundaron muchas otras, agrega Lazcano.

“Uno de los objetivos de su viaje era buscar sitios potenciales para fundar misiones, sitios que tuvieran agua, que hubiera indígenas que pudieran tener tierras para cultivar. Él todo eso lo va registrando en sus diarios y gracias a estos registros hubo varias misiones que se establecieron posteriormente”.

México va rescatando la historia de las misiones jesuíticas y de sus promotores. En la ciudad de Ensenada, al norte de Baja California, se encuentra hoy un monumento a Wenceslao Link, cuenta Carlos Lazcano. “Se hizo en 1992 cuando se conmemoran los 500 años del descubrimiento de América. Es una serie de monumentos dedicados a los misioneros más importantes de Baja California. Actualmente nosotros estamos proponiendo que una avenida importante de Ensenada lleve el nombre de Wenceslao Link para contribuir al mayor reconocimiento a su labor”.

Dibujo del jesuita Ignacio Tirsch

Dibujo del jesuita Ignacio Tirsch


Los habitantes de la antigua misión jesuítica de Santa Gertrudis crearon hace cinco años un fondo para salvar el lugar y restaurarlo para las generaciones futuras. Eugenio Ceseña Urías explica por qué considera la misión importante.

“Nos juntamos todos y logramos hacer la restauración de Santa Gertrudis. Eso me motivó mucho estar en la misión. Yo regresé después de estar en Tijuana donde trabajaba y ahora estoy comprometido con quedarme en la misión y seguir velando por ella. Significa hacer mejoras a la misión y tratar de protegerla que todo se conserve tal y como estaba antes. Las raíces de mi familia se remontan al año 1820 que fue cuando los misioneros se fueron de Baja California. A mi tatarabuela se le entregó la llave que aún nosotros la conservamos como tradición a través de siete generaciones. Mis tíos ya son personas mayores de 82 años, entonces, me toca a mí en esta generación. Me comprometí a seguir velando por la misión, y yo tengo que entregársela a mi próxima generación”.

En la misión de Santa Gertrudis viven actualmente cinco familias, es decir unas veinte personas, agrega Eugenio Ceseña.

“Somos un solo núcleo. Estas cinco familias somos descendientes directos de los indios cochimí. Ahora estamos tratando con las autoridades para que nos apoyen también para seguir adelante con esta conservación”.

Las tradiciones se mantienen en Santa Gertrudis gracias a los diarios de los misioneros y a través de relatos de abuelos y tíos.

Dibujo del jesuita Ignacio Tirsch

Dibujo del jesuita Ignacio Tirsch


“Seguimos manteniendo las tradiciones, como por ejemplo hacer vino. Nosotros hacemos vino misional de la uva. Hay parras de alrededor de 200 años, las seguimos conservando y es la misma variedad. No queremos meter otra variedad más que ésa y seguir los emparrados, el riego que es una acequia, seguir haciéndolo de la forma que ellos mismos lo hicieron y seguir con esta tradición. La siembra, por ejemplo, del higo, de datileras, que es el principal alimento que nosotros tenemos allí. Y seguir conservando estas formas de costumbres de vida, que son importantes porque realmente con tanta contaminación, con alimentos chatarra... Nosotros conservamos la alimentación original y somos longevos, mi tía tiene 87 años, y se ve como una persona de unos 50-60 años. Entonces, se conserva bastante bien, mi tía. Esperemos que nosotros también nos conservemos igual”.

Los habitantes de Santa Gertrudis piensan también atraer al turismo, pero de una forma ordenada, explica Eugenio Ceseña Urías.

“El lugar para nosotros es un santuario. La flora y la fauna las debemos conservar igual que las costumbres que tenemos. Si entra el turismo, tenemos que buscar la forma en que se respete el lugar. El problema que tenemos nosotros es que no hay mucha conciencia en las personas en México para conservar estos lugares. Por eso queremos que se entienda y se vean nuestras raíces, que nosotros mismos en la Baja California veamos lo que tenemos para poderlo respetar”.


Obtenido el 8 de marzo de 2010 de: http://www.radio.cz/es/articulo/117235. En la dirección original puede escucharse el audio del reportaje.

lunes, 2 de marzo de 2009

El Camino Real y las misiones



Ángeles González Gamio


El asombro y fascinación que nos causa frecuentemente la ciudad de México se extiende al resto del país cuando visitamos otros lugares que guardan riquezas únicas. Uno de ellos es la península de Baja California que, por su situación geográfica, la han calificado los expertos como isla biológica. El aislamiento evolutivo ha mantenido su flora y fauna separadas del territorio continental por periodos tan largos que el número de especies endémicas en ambos rubros es de los más altos del mundo.


Durante siglos se mantuvo aislada y los habitantes que la poblaron dejaron su huella en impresionantes pinturas rupestres. Muchos años tuvieron que transcurrir después del encuentro de los dos mundos, para que los nuevos pobladores lograran adentrarse a ese territorio, acerca del cual se generaron múltiples leyendas, entre otras, que estaba poblada sólo por mujeres y que era rica en perlas y metales preciosos.


Curioso y de grandes ambiciones, Hernán Cortés envió varias expediciones y él mismo desembarcó ahí en 1535. Muchos otros le siguieron, pero fue hasta 1683 en que el jesuita Eusebio Francisco Kino estableció una misión en Loreto, que se inició la entrada definitiva.


La historia de la conquista material y espiritual de la península es como una película de aventuras. Para lograrla, en esas tierras inhóspitas, abruptas, con indígenas hostiles, fueron fundamentales las misiones que establecieron los franciscanos, los jesuitas y los dominicos, a lo largo de dos siglos .


De ello nos habla el libro El Camino Real y las Misiones de la Península de Baja California, auténtica joya bibliográfica que es una coedición de la Fundación Manuel Arango, AC y el Instituto Nacional de Antropología e Historia. La introducción al camino de las misiones está escrito por el notable historiador y humanista Miguel León Portilla, quien ha trabajado amorosamente durante décadas la historia de la península. Sobre su rica biodiversidad habla el doctor Exequiel Ezcurra. Acerca de los primeros habitantes, escribe Enrique Hambleton; la crónica de las tres órdenes religiosas es obra de la arqueóloga Julia Bendímez y un relato del origen del Camino Real lo escribe Harry W. Crosby. La mayoría de las fotografías son de Edward W. Vernon. La excelente coordinación editorial estuvo a cargo de Mónica del Villar K., y la editorial, de Martín J. García-Urtiaga.


Esta original publicación en forma de biombo o códice, de cuatro metros de largo, presenta la ruta geográfica e histórica del legendario Camino Real de las misiones de la antigua California. La primera parte brinda el relato de la rúa que unió a las numerosas misiones establecidas y el entorno natural que los rodea. Construido por los misioneros en tierras hostiles de geografía extrema, conforma una historia que comienza en 1683, con la primera misión fundada por los jesuitas, y termina en 1834, cuando los dominicos establecen la última misión en la península.


La segunda parte contiene un espectacular mapa desplegable –de más de 1.80 metros de largo–, con la traza del Camino Real sobre una imagen satelital de la península de Baja California, que permite apreciar sus desiertos, montañas, mares e islas. Asimismo, permite recorrer la península de lado a lado por medio de sus misiones y carreteras y contiene atractivas imágenes, fichas informativas y fotografías sobre las 36 misiones.


Su lectura nos trajo a la mente la bella y apacible ciudad de La Paz y sus fascinantes alrededores, que hemos conocido guiados por una querida pareja de amigos, el doctor Luis Núñez y Patricia, su compañera de vida, quienes, además, nos han descubierto la gastronomía paceña, única y exquisita: machaca de burro, venado o de mantarraya, dulce de pitahaya hecho artesanalmente por las mujeres de los ranchos, los orejones de mango, el queso de apoyo, los tacos de marisco rebozado, la panocha de gajo, los ostiones piedra y unas tortillas de harina inigualables. Urge un viajecito ¿no cree usted?


Obtenido el 2 de marzo de 2009 de: http://www.jornada.unam.mx/2009/03/01/index.php?section=opinion&article=034a1cap