REVISTA DE POR ACÁ

Con el objetivo de mostrar la cultura regional en todos sus aspectos, apareció en su segunda época en 2007, en formato electrónico.

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domingo, 30 de agosto de 2015

Misión de Santa Gertrudis: los inicios de una gran región

La poco conocida historia del padre Fernando Consag, habla de la fe, la perseverancia y el amor de un hombre por sus semejantes, los indios cochimí, en cuyo nombre fundó lo que hoy somos


Carlos Lazcano
(El Vigía)

El manantial de Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
Cuando uno viaja hacia Baja California Sur, justo a la mitad de la península la carretera pasa por una gran región biogeográfica conocida como Desierto Central. En nuestro estado se le conoce como Valle de los Cirios y en Baja California Sur, como Vizcaíno. 

Si hoy nos sorprende y asusta su aridez, imaginémonos cómo estaría en la primera mitad del siglo XVIII, cuando penetraron a ella los primeros misioneros jesuitas, con la pretensión no sólo de evangelizar, sino la de civilizar.

Penetrar la región les llevó muchos años a estos hombres, quienes lo intentaron a partir de la misión de San Ignacio Kadaakamán, establecida en 1728, que actualmente es la más norteña de las misiones de Baja California Sur.

Desde mediados de los 1730’s, los jesuitas estaban decididos a seguir avanzando al norte; así, en 1737 se nombra al misionero croata Fernando Consag como titular de la siguiente misión más allá de San Ignacio, a esta nueva misión se le nombró Nuestra Señora de los Dolores del Norte. 

En ese tiempo no se conocía muy bien el Desierto Central, así que el padre Consag inició una serie de exploraciones con el fin de encontrar el sitio más adecuado para fijar la sede de su misión, y mientras tanto la administró desde San Ignacio, cuyo titular era el padre Sebastián Sistiaga.

Otra vista del manantial. (Foto: El Vigía).
Catorce años le llevó al padre Consag darse cuenta de que en el Desierto Central no existen sitios adecuados para fundar misiones. El mejor que encontró fue un paraje que tenía un pequeño manantial al que nombró La Piedad; ahí decidió trasladar la sede definitiva de su misión en el verano de 1751.

En los catorce años que anduvo buscando, es decir, el lapso entre 1737 y 1751, el padre Consag fue incansable. Desde San Ignacio efectuó numerosas exploraciones en el territorio de su misión -territorio del hoy estado de Baja California y municipio de Ensenada-, bautizando a mil indios cochimí, de quienes aprendió la lengua y sus costumbres. 

Tan largas fueron sus registros que en uno de ellos, efectuado en 1746, alcanzó la desembocadura del río Colorado, dando la demostración final de la peninsularidad de California, además de que registró numerosos parajes que recomendó para futuras misiones. También recorrió buena parte de la vertiente del Pacífico y entabló amistad con muchos de sus grupos indígenas. Penetró al Desierto Central conociéndolo a profundidad y registrando sus parajes más importantes.


Un evangelizador incansable

Templo de la misión de Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
De este modo, el padre Consag se convirtió en el gran pionero de lo que hoy es nuestro estado de Baja California. En 1751, justo cuando trasladaba su misión a La Piedad, se le pidieron dos cosas: la primera, que la misión cambiaría de nombre, y ahora se llamaría Santa Gertrudis La Magna, esto debido a que la esposa de quien financió esta misión, se llamaba Gertrudis y puso como condición que el establecimiento llevara tal nombre; la segunda petición, la más difícil para Consag, fue que dejara su misión en manos del recién llegado jesuita alemán Jorge Retz, y él se hiciera cargo de San Ignacio, ya que no tenía titular porque el padre Sistiaga se había retirado debido a su edad y salud. Por eso Consag es el gran pionero de nuestro estado, el iniciador y fundador de lo que hoy somos.

El paraje de la misión. (Foto: El Vigía).
Fundar una misión en medio de la nada, era en el tiempo de Consag evangelizar en el fin del mundo, la frontera de lo conocido de la Nueva España. Durante muchos años eso fue la misión de Santa Gertrudis, los confines de México, el límite de la civilización y cultura occidental, y ese límite lo avanzó hasta ahí el padre Consag. Fue su proyecto de vida y murió en ese desierto, rodeado de sus indios. Una entrega así hoy no se entiende.

El templo de la misión de Santa Gertrudis luce hoy en día hermoso. Fue totalmente restaurado gracias a la labor incansable del padre Mario Menghini, otro gran misionero, pero comboniano y de nuestro tiempo. 

Muchos piensan que ese templo fue la máxima herencia de Fernando Consag. Esto es algo falso. Para empezar, dicho templo nunca lo conoció Consag. Esa construcción data de los 1790’s, cuando Consag ya tenía más de 30 años de muerto. 

A la izquierda, la espadaña de la misión. (Foto: El Vigía).
El templo, lo levantaron los misioneros dominicos, continuadores de la labor misional de los jesuitas. Pero el que no lo haya hecho Consag no le quita ningún mérito, ya que la misión no la hacía el templo, sino la labor que se desarrollaba, y la labor de Consag nunca fue superada.

El valor de la obra de Consag debe medirse no en función de un templo, sino en función de la implantación de la cultura occidental en nuestra tierra. Consag sembró y hoy nosotros cosechamos. La misión de Santa Gertrudis es nada más una de las huellas de Consag, un testimonio de su paso.


Lugar de tradiciones vivas

En la fiesta patronal de Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
Hoy gracias a Consag, y a los continuadores de su obra, tenemos viejas tradiciones como la de la ganadería y los vaqueros; como la fiesta patronal de Santa Gertrudis, la más antigua de Baja California, ya que data de 1751; como la tradición de Semana Santa y Navidad; como la elaboración del vino, así como otros aspectos. 

Y es que aunque Santa Gertrudis La Magna dejó de funcionar como misión desde 1822, algo de ella sigue vivo, como son esas tradiciones que continúan, las que sus habitantes se encargan que no se pierdan y sigan.

Santa Gertrudis La Magna representa los inicios de nuestra identidad, de nuestras raíces, y el que puso las primeras semillas del presente fue Consag. 

Celebración religiosa en Santa Gertrudis. (Foto: El Vigía).
Actualmente ¿quién siembra valores en Baja California? ¿quién da su vida por esta tierra? ¿quién abandona títulos, honores, privilegios para que esta tierra mejore? ¿quién ofrece lo mejor de sí mismo para que Baja California avance? ¿quién ama Baja California? ¿quién nos da ejemplos de entrega y fe en el futuro como nos lo dieron los misioneros? ¿quién continúa la obra iniciada por nuestros fundadores? ¿quién mantiene sus valores, esos que nos dieron rumbo y sentido y que hoy por hoy parece que se han perdido? 

Santa Gertrudis La Magna representa nuestros difíciles inicios y Fernando Consag la fe, la perseverancia y amor de un hombre por sus semejantes, los indios cochimí, en cuyo nombre fundó lo que hoy somos. Por desgracia esta historia es muy poco conocida y no se enseña en las escuelas. Ningún libro que presente la historia oficial de Baja California hablará sobre Fernando Consag, ni que los humildes inicio se dieron en Nuestra Señora de los Dolores del Norte-Santa Gertrudis, ni tampoco que hubo un fundador de nuestro estado, ni los valores que lo motivaron, ni mucho menos que todo lo hizo por amor.

 Obtenido de: http://www.elvigia.net/general/2015/8/30/mision-santa-gertrudis-inicios-gran-region-209284.html el domingo 30 de agosto de 2015.

sábado, 19 de febrero de 2011

Los cazadores fueron muy importantes


Ecoanálisis


Alberto Tapia Landeros*



En el desarrollo de la humanidad como especie cultural, capaz de imaginar y perpetuar signos y símbolos considerados ladrillos de la cultura, hubo una etapa conocida como sociedades “cazadoras recolectoras”. Es decir, cuando el hombre vivía de recolectar semillas, raíces, huevos, miel, frutas, flores y demás alimentos básicos. Pero no dejaba pasar la oportunidad de atrapar una lagartija o ratón que le saliese al paso, y eso era “cazar” en su forma más rudimentaria.

Resulta obvio que aquellos grupos que vivían en la ribera de un río o lago, o en playa de mar, tampoco desaprovechaban la oportunidad de atrapar un “gruñón”, como se le llama en la costa del océano Pacífico al pejerrey del Golfo de California, especies, como otras, que desovan en la playa. Esta práctica cultural no era formalmente “pescar”, sino oportunismo.

No obstante, varios misioneros reportaron que los kumiai costeros desde la hoy Playas de Tijuana y hasta Ensenada, BC, traían redes cortas atadas a la cintura, sin duda para atrapar “gruñones”, particularmente durante primavera y verano. Entonces el nombre genérico de “cazadores recolectores” incluía la pesca, aquella que se hacía ante la oportunidad y seguramente inició a mano limpia. En justicia, el genérico debería ser el de “cazadores pescadores recolectores”.

Sobre todo a partir de la extinción de la megafauna del Pleistoceno, cuando desapareció el mamut, mastodonte, perezoso gigante terrestre, camellos y caballos americanos, antaño fuente de alimento para los primeros humanos que colonizaron este continente. El amerindio se vio obligado a sustituir la carne roja con la de peces y moluscos de playa y ribera, aunque siguió cazando búfalo en la pradera, venado cola blanca en el este; cola negra y bura en el oeste, así como berrendo y borrego cimarrón.

Pero crónicas jesuitas cuentan que esto no era muy frecuente. Por ejemplo, el padre Juan Jacobo Baegert escribió: “Nadie podrá deducir que en California haya buena caza y que, en consecuencia, los californios y sus curas comen carne con frecuencia o, que estén bien provistos de carne de venado. Tan raras veces me he llenado con carne de pájaros o aves en general, como con la del venado o liebres… si se quisiera dar expresamente el encargo a un cazador, como se acostumbra hacer entre nosotros (los misioneros), resultaría un fracaso, porque tendría uno que quedarse en espera del asado desde los Santos Reyes hasta el miércoles de ceniza”.

Baegert, misionero jesuita de origen alemán, también valora la población de borrego cimarrón: “En las cumbres más altas de la sierra que atraviesa California de Sur a Norte, hay animales que son enteramente iguales a nuestros borregos, salvo los cuernos que son muy gruesos, más largos y mucho más encorvados. Cuando se sienten perseguidos, suelen dejarse caer de cabeza sobre estos cuernos desde las cimas más altas, sin sufrir daño alguno”. Más adelante acepta que “No pueden ser muy numerosos (los borregos cimarrones), porque no he visto ninguno, ni nunca la zalea en manos de los indios”, con lo cual se contradice y funda el mito del “super borrego”.

Pero quienes nos antecedieron en estas tierras, sí fueron buenos pescadores. Otro misionero, Fray Luis Sales dejó esta constancia: “Son muy buenos pescadores y algunos abastecen a todo un concurso de parientes. Sólo que tienen la vana observancia de que el pescador no debe comer el pescado que coge porque será desgraciado en el mar; y así, los demás comen todo el pescado y él se contenta con las frutas que le traen sus parientes”, sus parientes recolectores. Esta creencia, parte de su cultura subjetiva e inmaterial, pudo haber tenido algún sustento ambiental que no alcanzamos a percibir los modernos.

Sales aporta también otro testimonio de la importancia del cazador cuando escribe que cazar era tan importante, que aquel que fracasaba en el intento, prefería suicidarse en un despeñadero que regresar a su aldea con las manos vacías.

Si esta creencia hubiese persistido hasta nuestros días, habría muy pocos cazadores. Basta entrar a una tienda departamental para encontrar en venta todos los frutos de la caza, pesca y recolección del pasado, así como la tecnología generada a la fecha. Ahora otros cazan, pescan, recolectan e inventan por encargo nuestro, y afortunadamente no tenemos que esperar meses por el asado como Baegert.

*El autor es profesor-investigador del CICMuseo, UABC.

altapialanderos@gmail.com


Obtenido el 19 de febrero de 2011 de La Crónica.

viernes, 19 de marzo de 2010

El ocaso de los kiliwa



Texto: Carlos Lazcano Sahagún

Arroyo de León es la última comunidad indígena kiliwa que queda en Baja California. Se localiza al sureste de Ensenada, cerca del valle de la Trinidad, en las estribaciones norteñas de la sierra de San Pedro Mártir, en una zona rocosa y árida que se conoce como Ejido Kiliwas. Anteriormente todo el fértil valle de la Trinidad era de los kiliwa, pero poco a poco fueron despojados de las mejores tierras, y desde 1971 quedaron arrinconados en la peor parte de esta zona.

Conforme vamos penetrando al territorio kiliwa van apareciendo rocas y peñas desnudas, y yucas, mezquites, choyas, nopales y biznagas, puras plantas con espinas; atrás queda el verdor del valle y sus cultivos. Luego de media hora de terracería llegados a Arroyo de León, llamado así porque hace ya muchísimos años una fuerte creciente arrastró a un puma, que aquí se conoce como león, y lo atoró en un mezquite. Las pocas casas de la comunidad se encuentran muy dispersas; en lo que podríamos llamar el “centro” se encuentra una pequeña iglesia católica que fue construida hace cinco años, el salón social del ejido y dos o tres casitas. La comunidad es regida por dos autoridades: el comisario ejidal y el jefe supremo o capitán, que es representante de la etnia kiliwa.


LOS ÚLTIMOS KILIWA

Los kiliwa son uno de los pocos grupos indígenas bajacalifornianos que aún sobrevive, pero su extinción es inminente. Son menos de 100 y han perdido casi todos sus rasgos culturales y tradiciones, incluyendo la lengua que sólo hablan 12 de ellos, de los cuales el más joven tiene 50 años de edad y ninguno tiene hijos a quien enseñar. Como son tan poquitos todos son parientes, y este es uno de los motivos por el que se casan principalmente con los cercanos indígenas pai-pai, que es otra de las étnias peninsulares que a duras penas sobrevive, pero que los está absorbiendo; y los que no se casan abandonan su entorno y se pierden en las ciudades, Antes había varias comunidades kiliwa, ahora sólo queda esta.

Algunos antropólogos calculan que como raza y como cultura los kiliwa difícilmente existirán 30 años más. Es una realidad muy triste, pero así es; estamos siendo testigos de la extinción de una raza y una cultura a la que le tomó varios miles de años conformarse y desarrollarse en el hostil territorio de la Baja California. Su extinción es un proceso que ya no puede detenerse.


LOS OCHURTE

Actualmente, los kiliwa se componen de dos linajes: el de la familia Espinoza y el de la familia Ochurte. La familia Espinoza está siendo absorbida por los pai-pai y las ciudades, y la familia Ochurte ha llegado a un callejón sin salida, porque son cinco hermanos: don Cruz de 79 años, don Teodoro de 77, don Trinidad de 72, doña Ceferina de 65 y don José que tendrá unos 55 años. Ellos habitan en el rancho las Parras, a 7 km de Arroyo de León, y por sus edades lo más probable es que no tengan descendencia. Esto significa que cuando muera el último de los Ochurte se habrá extinguido su linaje y con él la lengua kiliwa, la cual han mantenido hasta hoy como lenguaje cotidiano.


DOÑA CEFERINA

El camino de acceso a las Parras es bastante malo. El rancho se encuentra sobre una pequeña loma dentro de una cañada, consta de dos sencillas habitaciones hechas con ramas y lodo y tiene un cuartito de lámina que funciona como cocina. Cuando llegamos nos recibió con amabilidad don Teodoro (los demás hombres no se encontraban en ese momento). Preguntamos por doña Ceferina y nos llevaron a su cuarto; el estado en que se encuentra nos impresionó. Hace cuatro años se cayó y se fracturó la cadera, y desde entonces no ha vuelto a caminar aunque ha sido sometida a tres operaciones patrocinadas por personas generosas. A pesar de esta desgracia y otras que ha sufrido, su actitud es muy positiva y sus hermanos la cuidan con mucho cariño. Su rostro moreno de rasgos netamente indígenas, nos habla de una mujer hermosa, de facciones finas y mirada serena.


EL PANTEÓN DE UNA ETNIA

Poco después llegó don José de trabajar la huerta del rancho y de cuidar el aguaje, y nos llevó a un escondido panteón en donde tradicionalmente los kiliwa han enterrado a sus difuntos. Luego de caminar media hora llegamos a lo alto de una loma desde donde se tiene una excelente vista de Arroyo de León y aun del valle de la Trinidad. El panteón parece abandonado, tiene 25 tumbas y todas son un cúmulo de piedras bien acomodadas con cruces de madera; sólo a unas cuantas se les distingue el nombre del difunto. Don José nos mostró la tumba de sus padres y la de Braulio Espinoza (1899-1982), quien fuera uno de los más importantes jefes kiliwa, legendario porque luchó toda su vida por los derechos de su etnia. El día de muertos los kiliwa vienen a este lugar a recordar a sus parientes ya desaparecidos; cada persona pone una vela en la tumba de sus deudos, la enciende y pasa toda la noche velándolos.

Después del panteón, don José nos llevó a la huerta del rancho y alja-sigo manantial que lo alimenta. Siembran calabazas, maíz, frijol, sandía, zanahorias y algunos frutales como manzana, higo, chabacano, durazno, ciruelo y limón. Tienen además unas 30 chivas que les proporcionan carne y leche.



EL ÚLTIMO CANTANTE

Cuando regresamos a las casitas del rancho ya había llegado don Trinidad. Él es de los pocos cantantes indígenas de la península que saben las letras, tonadas y bailes tradicionales no sólo de los kiliwa, sino también de los pai-pai y de los cucapá. Debido a esto, es muy solicitado por estos grupos indígenas y también por étnias cercanas de los Estados Unidos. Nos comentó que desde que tenía 15 años comenzó a cantar y le pedimos que nos cantara algo, pero no quiso; entonces doña Ceferina, en su lengua, le pidió que nos complaciera, y él accedió a cantarnos unas canciones en kiliwa y en cucapá. La primera que interpretó se llamaba “Coyote anda cazando en la mañana” y la segunda “La vieja está cansada bailando”. Cantó acompañado de su sonaja, con un ritmo lento y una melodía triste y melancólica que quizá refleje el sentimiento de una raza que está a punto de morir. Después del canto nos platicó algunas leyendas y cuentos indígenas, y nos contó de muchas de las tradiciones que ya se han perdido.



LOS ESPINOZA

Después de un rato de estar con la familia Ocharte en su rancho, volvimos a Arroyo de León y visitamos a varias familias kiliwa del linaje de los Espinoza. La señora Hipólita –mejor conocida como “Pola” – vive en una pequeña casita junto con su hijo; ella tiene como 60 años de edad y él unos 30. Pola tiene unos rasgos marcadamente indígenas (me impresionaron su rostro, su mirada y su piel morena), y domina bien el kiliwa, el pai-pai y el español. Su casa es de adobe y está muy limpia, como todas las casas de los kiliwa. Cerca de Pola vive su hermano Cirilo, más joven que ella. Es “mielero”, ya que se dedica a buscar enjambres entre los cerros y extraerles la miel, siendo esta una de las más ancestrales costumbres de los indígenas de la península.

Cuando nos estábamos despidiendo de Pola llegó Cirilo. Venía del cerro (precisamente de buscar miel) y traía una cubeta llena aún con parte de la cera del panal. Cargaba su rifle, “ por si veo a un venado” nos dijo. El también habla kiliwa, pero no tiene hijos a quienes transmitirles su cultura.

La familia Espinoza Álvarez vive en el “centro” de la comunidad. Su casa, al igual que todas las demás, es sumamente pobre y en ella se aprecia que esta gente padece de muchas carencias. Nos recibieron las señoras Gloria y Natalia Espinoza A. y Carmen Álvarez Espinoza.

La casita tiene un bonito jardín con flores en el que destaca la llamada “vara de San José”, además tienen un huerto en el que siembran calabazas, duraznos y manzanas. Ninguna de las tres mujeres habla kiliwa.

Cuando llegamos, Gloria estaba preparando un conejo que momentos antes su hermano más chico había cazado con su resortera, y no podían darse el lujo de desperdiciar su carne.


ETNOSUICIDIO

Cuando salimos de la casa de los Espinoza visitamos a otras familias y nos dimos cuenta de que son pocas las que tienen hijos. Ya desde hace tiempo algunos estudiosos han observado la existencia de un factor aún no comprendido que ha provocado una disminución drástica en la tasa de natalidad de los kiliwa. Algunos dicen que se trata de un etnosuicidio debido a que las presiones de nuestra sociedad los han obligado a abandonar sus formas tradicionales de vida y a desvalorizarse como personas y como cultura. Desgraciadamente en la Baja California actual no quedan expectativas en torno a lo étnico, porque nuestra sociedad dominante no le da ningún valor a las lenguas, tradiciones, leyendas, en fin, a la cultura de los indígenas de este estado. Entonces está ocurriendo lo que dijera un indígena kiliwa: “Si nosotros de grandes no servimos para nada, ellos (los niños) para qué (vienen al mundo), mejor hay que acabarnos”.


LOS YUMANOS

A la llegada de los misioneros jesuitas a la península (1697), había en ella cuatro troncos indígenas: los pericú, los guaycura, los cochimí y los yumanos,y se calcula que eran alrededor de 50 000 personas. Los tres primeros troncos se extinguieron desde el siglo pasado como consecuencia de la imposición del sistema misional. Los yumanos, que habitaban en el extremo norte de la península, principalmente donde ahora es el municipio de Ensenada, lograron sobrevivir o más bien prolongar su agonía hasta nuestros días, gracias a que pusieron una tenaz resistencia a la penetración misional, y nunca fueron sometidos del todo. De los rupos yumanos sobreviven hasta hoy los pai-pai, los kumiai, los kiliwa y los cucapá, todos muy marginados, y en conjunto no alcanzan las 500 personas. Su extinción está cercana, y la más próxima es la de los kiliwa, que apenas si alcanzarán a ver los albores del sigloXXI. Estos grupos yumanos penetraron a la Baja California hace 3 000 años, y fueron quienes introdujeron en esta región la cerámica y la agricultura hace unos 1 000 años. Al llegar la cultura occidental, el equilibrio que estos grupos habían mantenido durante tanto tiempo con la naturaleza de la árida península, al parecer se rompió para siempre.


Fuente: México desconocido No. 218 / abril 1995


Obtenido el 19 de marzo de 2010 de: http://www.mexicodesconocido.com.mx/interior/index.php?idNota=6367&p=nota

sábado, 13 de marzo de 2010

Tribus antiguas en Baja California practicaban 'doble entierro'



Sepultaban cuerpos completos y, transcurrido un tiempo, separaban sus brazos, piernas y cabeza para volver a inhumarlos, según las primeras evidencias descubiertas por antropólogos mexicanos.



Notimex
Publicado: 12/03/2010 14:44

México, DF. Antiguas civilizaciones en México ejercieron la práctica del "doble entierro", en la cual sepultaban cuerpos completos y, transcurrido un tiempo, separaban sus brazos, piernas y cabeza para volver a inhumarlos, según las primeras evidencias descubiertas por antropólogos mexicanos.

De acuerdo con un reporte distribuido por el servicio de noticias de la revista "National Geographic", tribus que habitaron una área de lo que ahora es el estado de Baja California Sur, practicaron estos "dobles entierros", a lo largo de unos cuatro mil 500 años, hasta el Siglo XVI, cuando los primeros europeos llegaron a la región.

Para los grupos nativos, la muerte era un estado de paralización doloroso, del cual, los vivos podrían liberar a los muertos seccionando sus extremidades, explicó en el reporte el antropólogo mexicano Alfonso Rosales López.

El especialista, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, indicó que esta práctica es coherente con las creencias de otras culturas en todo el mundo de que la muerte no es el final de la vida, sino más bien, un paso de un estado a otro.

Rosales López ha examinado desde 1991 más de un centenar de entierros dobles en la costa sur de Baja California y actualmente está trabajando en un documento que describe la práctica.

Esta se iniciaba inmediatamente después de la muerte. Los candidatos para el entierro doble eran envueltos en pieles de animales y atados fuertemente en la posición fetal con cuerdas hechas de plantas de agave.

Cada cadáver era colocado en una tumba individual poco profunda que se llenaba con conchas marinas y carbón vegetal, además de la tierra.

"Al parecer, esto supondría el final del funeral, pero la abundancia de restos seccionados muestra claramente que éste no era el caso, más bien sólo era la primera parte", explicó Rosales López.

Luego, entre seis u ocho meses después del entierro, el cuerpo era exhumado. Para este punto, el cadáver ya se había descompuesto lo suficiente como para que las extremidades y la cabeza pudieran ser fácilmente desprendidas, señaló Rosales López.

Una vez separadas, las partes desmembradas eran colocadas cerca del cuerpo y vueltas a enterrar. Cerca de los lugares de enterramiento, Rosales López y sus colaboradores han encontrado herramientas de piedra, como puntas de lanza, cuchillos y arpones de pesca que han sido utilizadas para matar animales y preparar los alimentos.

Los restos de alimento localizados en estos sitios han sido conchas de moluscos, semillas y plantas. La práctica de doble entierro parece ser única, realizada sólo en esta región de Baja California Sur, de acuerdo con Don Laylander, arqueólogo de la firma de consultoría arqueológica ASM afiliados.

Obtenido el 13 de marzo de 2010 de: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2010/03/12/practicaban-antiguas-civilizaciones-de-mexico-el-doble-entierro

La ‘Mujer de jatay’ hablará


  • Según los expertos, la fémina pudo haber sido una chamán de la aldea o una guía.
  • La mujer vivió hace cuatro mil 400 años.

MCT Direct
MOSCÚ, Rusia/EFE

Los restos óseos de la llamada "Mujer de Jatay", con antigüedad de cuatro mil 400 años, permitirán a los antropólogos conocer la vida de los primeros pobladores de la Península de Baja California, informó el arqueólogo Jorge Serrano.

El experto dijo que antropólogos y físicos de México y Estados Unidos analizan los restos de la "Mujer de Jatay", para encontrar los datos sobre su vida y a través de ella los de sus contemporáneos.

Serrano, curador del Museo Regional de Ensenada, dijo que la mujer podría haber sido "un chamán de su aldea o algún personaje importante, porque durante la época arcaica los kumiai (primeros pobladores de la península) acostumbraban incinerar a sus muertos".

Los kumiai eran pequeñas bandas nómadas de recolectores, cazadores y pescadores que basaban su alimentación en productos del mar, aunque también cazaban pequeños animales de tierra, recordó el experto en el marco del VII Encuentro Binacional Balances y Perspectivas 2006 "Hallazgos recientes de las tres Californias", que se celebra la capital mexicana.

Indicó que los restos de esta mujer se trasladaron al Museo Nacional de Antropología de la capital mexicana para su consolidación, estudio y exhibición permanente.

Recordó que el hallazgo de la osamenta ocurrió en 1995, durante la construcción de un complejo turístico a unos 23 kilómetros de Ensenada, en Baja California.

El arqueólogo añadió que las mujeres en aquella época fueron preponderantes en la vida del grupo debido a que eran las recolectoras, y en el caso de la "Mujer de Jatay", si no fue chamán podría haber sido "una de las guías de la aldea".


Obtenido el 13 de marzo de 2010 de: http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/2006/08/21/hoy/vivir/708664.html

sábado, 28 de marzo de 2009

Viaje histórico de la gente pai





Texto y fotos por Michael Wilken

Junio, 2001 - Buscando reencontrar las huellas de sus ancestros, ocho indígenas bajacalifornianos emprendieron un increíble viaje que los llevaría desde sus hogares en las áridas montañas de México hasta una remota aldea en el fondo del Gran Cañón. Su destino: la villa oasis de Supai donde miembros de las tribus havasupai, hualapai, yavapai y paipai se reunieron para el Encuentro de la Gente Pai.

Conforme los viajeros paipai y tipai descendían de la Sierra Juárez al desierto de la Laguna Salada, estos iban señalando los pasajes montañosos y formaciones rocosas que marcan los antiguos senderos sobre los que caminaron sus ancestros para bajar al gran desierto donde el Río Colorado se encuentra con el Golfo de California. La artesana paipai Teresa Castro recordó haber hecho el recorrido junto con su familia cuando era niña para trabajar en la pizca de algodón en el Valle de Mexicali. Erlinda Ramírez, esposa del comisario de Santa Catarina Margarito Castro, agitando su mano saludó a la vieja casa donde ella creció y a los campos algodoneros donde conoció al que sería su futuro esposo. En esos días los paipai solían acampar cerca de la aldea cucapá de El Mayor, fortaleciendo los lazos con esta comunidad donde todavía viven muchos amigos y parientes.

En este solsticio de verano, el día más largo del año, su jornada siguió el curso del Río Colorado, a través de infinitos y resplandecientes desiertos que seguían hirviendo aún mucho después de caer la noche. Conforme la camioneta van seguía avanzando, el artesano paipai Raúl Sandoval recordó que no hace mucho tiempo, sus antepasados debieron haber hecho el mismo recorrido pero a pie. Al reflexionar sobre las dificultades de un viaje tan arduo, las ceramistas paipai Celia y Tirsa Flores coincidieron en afirmar que en el pasado la gente era más fuerte y estaba más acostumbrada a soportar esos retos físicos. ¿Hace cuanto tiempo los antepasados viajaron por primera vez a través de esta tierra hacia la península?, no lo sabemos todavía, pero las similitudes de lenguaje, cultura y aún de características físicas dejan muy pocas dudas de que los paipai comparten antiguos lazos culturales con los grupos pai de Arizona. Quizás este viaje arroje mayor luz sobre este misterio por descubrir.

Finalmente después de la media noche, el grupo llegó a la reservación hualapai de Peach Springs donde descansaron en el elegante y nuevo Hotel Hualapai ubicado sobre la vieja Ruta 66. Temprano al día siguiente, los viajeros continuaron hasta Hualapai Hilltop, siguiendo el camino hasta el borde del Gran Cañón. En este punto en el que la garganta profunda de Cañón Havasu cae desde la alta meseta desértica, los visitantes pueden bajar caminando, a caballo o en helicóptero las diez millas hasta la aldea de Supai. Como una cortesía de los grupos pai de Arizona, los bajacalifornianos experimentaron un emocionante viaje en helicóptero por primera vez en sus vidas.

La anciana paipai Josefina Ochurte fue una de las primeras en volar y sin temor alguno disfrutó de la espectacular vista mientras el aparato maniobraba entre las impresionantes y masivas paredes del cañón hasta la aldea de Supai. "¡Yo no tuve miedo!, ¡no!, ¡para nada!", afirmó al resto del grupo.

El usualmente tranquilo pueblo esta vez bullía de actividad conforme la gente seguía llegando todo el día en helicóptero, caballo o a pie. Viejos amigos de encuentros previos y muchos nuevos amigos saludaron a los indígenas bajacalifornianos, ansiosos por verlos y escucharlos hablar. Otros estaban ocupados en el centro ceremonial (una explanada en el centro de la aldea al pie de una roja pared de roca) donde se instalaron enramadas, un agujero para rostizar agave, una tradicional casa circular, una cocina al aire libre y círculos de fogatas. Antes de servir la abundante comida a los hambrientos invitados, los cantantes y danzantes de todas las cuatro direcciones (incluyendo al tipai Juan Bernardo Madrid de La Huerta) llenaron el aire con los cantos y danzas tradicionales acompañados de sus bules o sonajas. Al anochecer, los danzantes havasupai Guardianes del Cañón bendijeron el lugar con una danza ceremonial que evoca al espíritu del borrego cimarrón.

Las festividades continuaron al día siguiente con más cantos, danzas, comida, juegos tradicionales, una ceremonia para honrar a la mujer pai y mucho intercambio cultural. Los bajacalifornianos acomodaron y dispusieron sus ollas, canastas, arcos y flechas, cordelería de fibra, muñecas y otras artesanías tradicionales. Los participantes disfrutaron de dulce y jugoso agave el cual fue preparado por miembros de la tribu hualapai quienes compararon us técnicas de rostizado. Durante todo el evento, se intercambiaron y compararon las variadas lenguas pai, reafirmando de esta manera la herencia común de esta gente a pesar de las grandes distancias y cientos de años de separación entre ellos. "Desde hacia mucho tiempo que esperábamos esta reunión", afirmó el shamán havasupai Jimmy Uqualla, "nuestros antepasados sabían que llegaría este momento y es una gran bendición que toda la gente pai se haya reunido de nuevo."

El tiempo de partir de Supai llegó demasiado pronto, así que tres vaqueros pai decidieron regresar a caballo hasta Hualapai Hilltop mientras que el resto del grupo regreso en helicóptero. En el largo viaje de regreso a Baja California, el grupo tuvo tiempo para reflexionar sobre los muchos inolvidables momentos que habían experimentado en lo que pareció como un sueño. "Pude entender casi todo lo que hablaba la demás gente" comentó Teresa Castro, "y por eso supe que eran indios como nosotros, pero no se como es que quedamos tan lejos y separados" Ese misterio continua desenvolviéndose, y mientras tanto los antiguos lazos entre los paipai y sus parientes pai del norte se han fortalecido gracias a todos los que ayudaron a organizar y llevar a cabo este importante encuentro.

(Traducido por Moisés Santos Mena)

Obtenido el 28 de marzo de 2009 de: http://pweb.jps.net/~dlaylander/doc.voyage2.htm